Todo empezó como un dia normal en la capital, la guerra continuaba sangrienta en el interior del país y aparte de los toques de queda en la noche, y uno que otro ataque a la academia militar; la guerra se notaba solamente por la televisión.
La ofensiva final o hasta el tope, fue un ultimo intento por entablar el dialogo con el arenero “presidente de la paz” que dijo nunca se reunirá a platicar con los piricuacos de su mayor, y tal vez ganar de una sola vez la guerra; en la madrugada comenzarón los disparós y muchos guerrilleros trararón de destruir la planta de Antel, ubicada actualmente entre el banco Scotia y los pollos real (debajo de redondel el platillo), los guardias apostados en la planta para contraatacar utilizarón bazucas contra los guerrilleros que estaban en las colonias próximas, destruyendo varias casas donde estábamos personas civiles, que no teníamos nada que ver en el asunto.
En nuestros hogares estábamos desconcertados pues no podíamos salir por temor a un fuego cruzado y tampoco quedarnos a esperar que nos volarán la casa el ejercito, no podía creer que la matanzas del ejercito que había escuchado y que en los medios de Altamirano desmentían pudierán ser verdad, no le importábamos a nuestras fuerzas armadas.
En similar estado se encontraban habitantes de Soyapango, donde aviones botaban sus bombas a discresión sobre cualquier casa que se les pasase por el frente, también les ocurria lo mismo a los habitantes de las multi de zacamil.
Diferente les ocurría a los habitantes de la Escalón donde los protegían tropas a pie y en tanques; desgraciadamente para los jóvenes se envidiaba mas el vivir en esos lugares mas tranquilos y lujosos, que el de las casas mas humildes donde todos nos conocíamos y jugábamos en la calle.
Despues matarón a los Jesuitas y a sus domesticas, dijeron que la guerrilla fue la responsable y cerrarón las transmisiones televisivas de canal 12 y del noticiero de teleprensa en canal 2, los únicos ojos que teníamos del conflicto armado se habían cerrado, la ley de la selva se apoderó de nuestras calles por unos días, no había denuncias, ni quejas, ni nada que poder hacer, sino rogar a Dios.
